Hay noches en que la luna llena, un orbe de plata mística, derrama su luz etérea. la lluvia, donde el susurro del agua se une al concierto nocturno, una melodía ancestral que no interrumpe, sino que abraza el alma. Desde aquí, el mar resuena en un eco perpetuo, un pulso primordial que late con la paciencia del universo.